Leyendas Saltos de la Princesa y del Indio

 

Cuento basado en la leyenda sobre el origen de los saltos del mismo nombre, ubicado en la comuna de Curacautín.

 

Millaray, la princesa indígena, permanecía erguida con el hermoso rostro ligeramente crispado e inclinado hacia delante, el negro profundo de sus cabellos se descolgaba sobre los hombros y espalda, donde la tez morena parecía iluminarse al contacto del pelo que brillaba, capturando la tenue luz que se le filtraba por la puerta de la ruca.

Su padre, el viejo cacique del lugar, hablaba sentado con la vista clavada en las múltiples imágenes que dibujaba el fuego, en el centro de las espaciosas dependencias. De rostro firme y sereno, era un hombre respetado entre los suyos.

Así pues ya estás en edad de hacerte mujer y debes tener marido, yacer con él y tener hijos para que crezcan, trabajen la tierra y estén listos para luchar cuando sea necesario……

La joven escuchaba en silencio, los oídos prestaban atención, pero su corazón latía con fuerza, al presentir que el gran amor que sentía por el joven Cayú, hijo de una familia de su misma comunidad, estaba con aquellas palabras destinado a sufrir lo más crueles obstáculos. La simpatía que sentía por él desde niña, se fue convirtiendo en amor con la llegada de la adolescencia. Al mismo tiempo que se conocía el más profundo rechazo de su padre ante la perspectiva de aquella unión. Ahora lo amaba intensamente………

El padre sin levantar la vista del fogón y hablando despacio como era su costumbre con el objeto de monopolizar absolutamente la atención de los presentes seguía diciendo en una especie de monólogo equivalente a una sentencia….he decidido convocar a todos los guerreros jóvenes en edad de casamiento, para que concursen por tu mano y aquel que se presente, en la madrugada, de la próxima luna, con el mayor número de caballos será tu esposo y a él te entregaré…….

El rostro de Millaray, permanecía impávido, ni una sola señal ni reacción podía advertirse en las bellas facciones de la india, sólo subían y bajaban en rítmica danza de ira y decepción los pechos bajo la dura tela teñida con extractos de raíces. Escucho sin emitir ni una sola palabra, cuando su padre por intermedio de un silencio prolongado y sin apartar la vista del fuego, diera por finalizada el dialogo, dio media vuelta y erguida, con el corazón destrozado abandonó dignamente el lugar.

Cayú, guardaba silencio encaramado en un boldo gigantesco que había construido con sus largas y gruesas ramas una especie de gran sala natural, esperaba la pasada de un puma, al que buscaban los jóvenes de la comunidad, porque se habían cebado con los animales domésticos, que mataba en el silencio de la noche disminuyendo drásticamente una de las principales fuentes de alimentación de su gente. El puma apareció a la entrada de la gruta natural, avanzó sigilosamente y se detuvo e medio del espacio mirando con ojos de vidriado intenso, en todas las direcciones, se puso de nuevo en movimiento y fue ahí cuando de arriba cayó la trampa mortal que lo dejó amarrado por el cuello y balanceándose en el aire, en cuestión de segundos, dos certeras cuchilladas, lo dejaron sin respiración hasta que los estertores indicaron que la vida para él había terminado.

Cayú dejó el trabajo del descuerado a sus amigos y se dispuso a correr, llevando en su mente el rostro de Millaray como único sujeto de interés.

Llegó al lugar de siempre y la encontró llorando, en entrecortadas frases, la joven lo impuso de la decisión adoptada por el padre…..No había nada que hacer, sólo huir y huir, lo más lejos posible para iniciar una vida en común, fuera del alcance de la ira paternal. Así lo hicieron y una noche antes de la próxima luna, emprendieron la fuga a través de las colinas, valles y montañas, se fueron según dice Cayú, “en busca del gran mar”. Allí encontrarían la paz y el lugar apropiado para construir el hogar que les hacía falta para consolidar su amor.

Los pretendientes llegaron con sus caballares al lugar del encuentro previamente fijado por el padre de Millaray. Con las manos crispadas y el rostro descongestionado por la ira, el anciano cacique lanzó al aire, la orden de buscar a la hija, matar a Cayú y traerla de vuelta para que se diera cumplimiento a su voluntad: los mocetones organizados en partidas de caza partieron en todas direcciones tras los pasos de los fugitivos. Estos mientras tanto corrían desesperados, pronto las fuerzas les fueron abandonando, hasta que se vieron prácticamente cercados por los perseguidores. Decidieron separarse:” tú corres hacia las orillas del cautín”….yo trataré de despistarles más hacía el poniente, le dijo Cayú al tiempo que la abrazaba con cariño…..Millaray corrió en la dirección indicada.

Cayú se hizo avistar y volvió a correr hacia el poniente. La princesa india entretanto casi cercada por sus perseguidores, llego al borde de un acantilado, en el fondo, las torrentosas aguas del cautín bajaban furiosas hacia el mar……Millaray ates de ser sorprendida se lanzó al vacío….cuando iba en el aire su hermoso cuerpo se convirtió en cascada, confundiéndose con las agitadas y hermosas aguas del río descendiendo. Cayú, algunos kilómetros más al poniente, llega por su parte bordeando un afluente al borde del acantilado y al ver a su amada convertida en las aguas del cautín, se lanza también en la búsqueda, convirtiéndose en lo que hoy se conoce como el Salto del Indio.

Allí, en las aguas, confundidos en un abrazo mortal, se fueron en un viaje eterno, los amantes que con ese sacrificio de amor, dieron nacimiento a las cascadas que han perpetuado sus nombres y su historia.

 

En un lugar de la muralla rocosa a sus espaldas, incluso en fotografías, mucho sostienen que se distingue con claridad el rostro de la princesa araucana y su amado.

 

Salto del Indio
Salto del Indio